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INDICE 1. RAYUELA |
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibuj?dola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por m?para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonr? por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez m? de cerca y entonces jugamos al c?lope, nos miramos cada vez m? de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre s? se superponen y los c?lopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordi?dose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuvi?amos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simult?eo del aliento, esa instant?ea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.
El amor sagrado y el amor profano, por TIZIANO Esta detestable pintura representa un velorio a orillas del Jord?. Pocas veces la torpeza de un pintor pudo aludir con m? abyecci? a las esperanzas del mundo en un Mes?s que brilla por su ausencia; ausente del cuadro que es el mundo, brilla horriblemente en el obsceno bostezo del sarc?ago de m?mol, mientras el ?gel encargado de proclamar la resurrecci? de su carne patibularia espera inobjetable que se cumplan los signos. No ser?necesario explicar que el ?gel es la figura desnuda, prostituy?dose en su gordura maravillosa, y que se ha disfrazado de Magdalena, irrisi? de irrisiones a la hora en que la verdadera Magdalena avanza por el camino (donde en cambio crece la venenosa blasfemia de dos conejos). El ni? que mete la mano en el sarc?ago es Lutero, o sea, el diablo. De la figura vestida se ha dicho que representa la Gloria en el momento de anunciar que todas las ambiciones humanas caben en una jofaina; pero est?mal pintada y mueve a pensar en un artificio de jazmines o un rel?pago de s?ola. La dama del unicornio, por RAFAEL Saint-Simon crey?ver en este retrato una confesi? her?ica. El unicornio, el narval, la obscena perla del medall? que pretende ser una pera, y la mirada de Maddalena Strozzi fija terriblemente en un punto donde habr? fustigamientos o posturas lascivas: Rafael Sanzio minti?aqu?su m? terrible verdad. El intenso color verde de la cara del personaje se atribuy?mucho tiempo a la gangrena o al so?ticio de primavera. El unicornio, animal f?ico, la habr? contaminado: en su cuerpo duermen los pecados del mundo. Despu? se vio que bastaba levantar las falsas capas de pintura puestas por los tres enconados enemigos de Rafael: Carlos Hog, Vincent Grosjean, llamado «M?mol? y Rubens el Viejo. La primera capa era verde, la segunda verde, la tercera blanca. No es dif?il atisbar aqu?el triple s?bolo de la falena letal, que a su cuerpo cadav?ico une las alas que la confunden con las hojas de la rosa. Cu?tas veces Maddalena Strozzi cort?una rosa blanca y la sinti?gemir entre sus dedos, retorcerse y gemir d?ilmente como una peque? mandr?ora o uno de esos lagartos que cantan como las liras cuando se les muestra un espejo. Y ya era tarde y la falena la habr? picado: Rafael lo supo y la sinti?morirse. Para pintarla con verdad agreg?el unicornio, s?bolo de castidad, cordero y narval a la vez, que bebe de la mano de una virgen. Pero pintaba a la falena en su imagen, y este unicornio mata a su due?, penetra en su seno majestuoso con el cuerno labrado de impudicia, repite la operaci? de todos los principios. Lo que esta mujer sostiene en sus manos es la copa misteriosa de la que hemos bebido sin saber, la sed que hemos calmado por otras bocas, el vino rojo y lechoso de donde salen las estrellas, los gusanos y las estaciones ferroviarias. Retrato de Enrique VIII de Inglaterra, por HOLBEIN Se ha querido ver en este cuadro una cacer? de elefantes, un mapa de Rusia, la constelaci? de la Lira, el retrato de un papa disfrazado de Enrique VIII, una tormenta en el mar de los Sargazos, o ese p?ipo dorado que crece en las latitudes de java y que bajo la influencia del lim? estornuda levemente y sucumbe con un peque? soplido. Cada una de estas interpretaciones es exacta atendiendo a la configuraci? general de la pintura, tanto si se la mira en el orden en que est?colgada como cabeza abajo o de costado. Las diferencias son reductibles a detalles; queda el centro que es ORO, el n?ero SIETE, la OSTRA observable en las partes sombrero-cord?, con la PERLA-cabeza (centro irradiante de las perlas del traje o pa? central) y el GRITO general absolutamente verde que brota del conjunto. H?ase la sencilla experiencia de ir a Roma y apoyar la mano sobre el coraz? del rey, y se comprender?la g?esis del mar. Menos dif?il a? es acercarle una vela encendida a la altura de los ojos; entonces se ver?que eso no es una cara y que la luna, enceguecida de simultaneidad, corre por un fondo de ruedecillas y cojinetes transparentes, decapitada en el recuerdo de las hagiograf?s. No yerta aquel que ve en esta petrificaci? tempestuosa un combate de leopardos. Pero tambi? hay lentas dagas de marfil, pajes que se consumen de tedio en largas galer?s, y un di?ogo sinuoso entre la lepra y las alabardas. El reino del hombre es una p?ina de historial, pero ? no lo sabe y juega displicente con guantes y cervatillos. Este hombre que te mira vuelve del infierno; al?ate del cuadro y lo ver? sonre? poco a poco, porque est?hueco, est?relleno de aire, atr? lo sostienen unas manos secas, como una figura de barajas cuando se empieza a levantar el castillo y todo tiembla. Y su moraleja es as? «No hay tercera dimensi?, la tierra es Plana, el hombre repta. ¡Aleluya! ? Quiz?sea el diablo quien dice estas cosas, y quiz?t?las crees porque te las dice un rey.
Las hormigas se comer? a Roma, est?dicho. Entre las lajas
andan; loba, ¿qu?carrera de piedras preciosas te secciona la
garganta? Por alg? lado salen las aguas de las fuentes, las
pizarras vivas, los camafeos temblorosos que en plena noche
mascullan la historia, las dinast?s y las conmemoraciones.
Habr? que encontrar el coraz? que hace latir las fuentes para
precaverlo de las hormigas, y organizar en esta ciudad de sangre
crecida, de cornucopias erizadas como manos de ciego, un rito de
salvaci? para que el futuro se lime los dientes en los montes,
se arrastre manso y sin fuerza, completamente sin hormigas.
Primero buscaremos la orientaci? de las fuentes, lo cual es
f?il porque en los mapas de colores, en las plantas
monumentales, las fuentes tienen tambi? surtidores y cascadas
color celeste, solamente hay que buscarlas bien y envolverlas en
un recinto de l?iz azul, no de rojo, pues un buen mapa de Roma
es rojo como Roma. Sobre el rojo de Roma el l?iz azul marcar?un recinto violeta alrededor de cada fuente, y ahora estamos
seguros de que las tenemos todas y que conocemos el follaje de
las aguas.
M? dif?il, m? recogido y silencioso es el menester de
horadar la piedra opaca bajo la cual serpentean las venas de
mercurio, entender a fuerza de paciencia la cifra de cada fuente,
guardar en noches de luna penetrante una vigilia enamorada junto
a los vasos impereiales, hasta que de tanto susurro verde, de
tanto gorgotear como de flores, vayan naciendo las diercciones,
las confluencias, las otras calles, las vivas. Y sin dormir
seguirlas, con varas de avellano en forma de horqueta, de
tri?gulo, con dos varillas en cada mano, con una sola sostenida
entre los dedos flojos, pero todo esto invisible a los
carabineros y a la poblaci? amablemente recelosa, andar por el
Quirinal, subir al Campodoglio, correr a gritos por el Pincio,
aterrar con una aparici? inm?il como un globo de fuego el
orden de la Piazza della Essedra, y as?extraer de los sordos
metales del suelo la nomenclatura de los r?s subterr?eos. Y
no pedir ayuda a nadie, nunca.
Despu? se ir?viendo c?o en esta mano de m?mol desollado
las venas vagan armoniosas, por placer de aguas, por artificio de
juego, hasta poco a poco acercarse, confluir, enlazarse, crecer a
arterias, derramarse duras en la plaza central donde palpita el
tambor de vidrio l?uido, la ra? de copas p?idas, el caballo
profundo. Y ya sabremos d?de est? en qu?napa de b?edas
calc?eas, entre menudos esqueletos de l?ur, bate su tiempo el
coraz? del agua.
Costar?saberlo, pero se sabr? Entonces mataremos las hormigas
que codician las fuentes, calcinaremos las galer?s que esos
mineros horribles tejen para acercarse a la vida secreta de Roma.
Mataremos las hormigas con s?o llegar antes a la fuente
central. Y nos iremos en un tren nocturno huyendo de lamias
vengadoras, oscuramente felices, confundidos con soldados y con
monjas.
Nadie habr?dejado de observar que con frequencia el suelo se
pliega de manera tal que una parte sube en ?gulo recto con el
plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a
este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que
se repite en espiral o en l?ea quebrada hasta alturas sumamente
variables. Agach?dose y poniendo la mano izquierda en una de
las partes verticales, y la derecha en la horizontal
correspondiente, se est?en posesi? moment?ea de un pelda?
o escal?. Cada uno de estos pelda?s, formados como se ve por
dos elementos, se situ?un tanto m? arriba y adelante que el
anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que
cualquiera otra combinaci? producir?formas quiz?m? bellas
o pintorescas, pero incapaces de transladar de una planta baja a
un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atr? o de costado
resultan particularmente inc?odas. La actitud natural consiste
en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza
erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los pelda?s
inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y
regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar
esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi
siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe
exactamente en el escal?. Puesta en el primer pelda? dicha
parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte
equivalente de la izquierda (tambi? llamada pie, pero que no ha
de confundirse con el pie antes citado), y llev?dola a la
altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo
pelda?, con lo cual en ?te descansar?el pie, y en el
primero descansar?el pie. (Los primeros pelda?s son siempre
los m? dif?iles, hasta adquirir la coordinaci? necesaria.
La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace dif?il la
explicaci?. Cu?ese especialmente de no levantar al mismo
tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo pelda?, basta repetir
alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de
la escalera. Se sale de ella f?ilmente, con un ligero golpe de
tal? que la fija en su sitio, del que no se mover?hasta el
momento del descenso.
Si todo es coraz? y rienda suelta
y en las caras hay luz de mediod?,
Si en una selva de armas juegan ni?s
y cada calle le gan?la vida,
No est? en Asunci? ni en Buenos Aires,
No te has equivocado de aeropuerto
No se llama Santiago el fin de etapa
Su nombre es otro que Montevideo.
Viento de libertad fue tu piloto
Y br?ula de pueblo te dio el norte,
cu?tas manos tendidas esper?dote,
cu?tas mujeres, cu?tos ni?s y hombres
Al fin alzando juntos el futuro,
Al fin transfigurados en si mismos,
mientras la larga noche de la infamia
se pierde en el desprecio del olvido
La viste desde el aire, ?ta es Managua
de pie entre ruinas, bella en sus bald?s,
pobre como las armas combatientes
rica como la sangre de sus hijos
Ya ves, viajero, est?su puerta abierta,
todo el pa? es una inmensa casa.
No, no te equivocaste de aeropuerto:
Entra nom?, est? en Nicaragua
Managua, febrero de 1980